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Espacio-Tiempo

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Cuando hablamos del espacio y del tiempo, normalmente lo hacemos en dos sentidos: en sentido cotidiano, cuando nos referimos al dónde y al cuándo de algo (por ejemplo, “mi tío comió ayer en casa de mi abuela”) y en sentido científico, cuando nos referimos a los parámetros fundamentales en los que se sitúa todo acontecimiento físico.

En este segundo sentido, la teoría de la relatividad propone, a grandes rasgos, que el espacio y el tiempo forman un solo tejido; así, el espacio-tiempo es el parámetro absoluto desde el que se determinan los fenómenos concretos. La relatividad señalada por el nombre de la teoría viene, por ende, dada por la posición del perceptor.

Así pues, cabe preguntarse cómo se relacionan estos dos conceptos de espacio y tiempo. Para responder a esta cuestión es pertinente preguntarse por el origen del espacio y del tiempo. De este modo, podemos entender como un primer origen la primera percepción que de los mismos tenemos. Si, como hemos afirmado en anteriores textos, todo lo que es es, en primer lugar, percibido (aunque no todo lo que es se agote en la percepción), deberíamos buscar la primera percepción del espacio y del tiempo.

Lo primero es primero no meramente en sentido cronológico, sino también, y sobre todo, ontológico. Efectivamente, nosotros no buscamos aquí nuestra primera percepción del espacio y del tiempo en un orden de percepciones, sino lo primario de la percepción del espacio y del tiempo. Por ello, nuestra indagación se centra en aquello primordial, es decir, lo que comparten todas las percepciones a las que denominamos, de alguna manera, como “espacio” y “tiempo”.

Así, vemos que lo propio de la percepción espacial es el lugar, que consiste en la existencia simultánea de dos o más objetos sensibles. Dos pelotas en un mismo patio o dos sonidos en una misma sala existen en el mismo espacio. Frente a la simultaneidad, la percepción del tiempo se sostiene en la sucesión; una pelota y luego otra pelota. Un sonido y luego otro.

Aquí encontramos ya el primer problema: a saber, cuando describimos percepciones del espacio y del tiempo realmente estamos hablando de objetos particulares que se dan en el espacio y el tiempo. No existe la percepción del espacio ni del tiempo desvinculada de objetos concretos que se relacionen simultánea o sucesivamente. Por lo tanto, las palabras “espacio” y “tiempo” no designan objetos concretos, sino posibilidades de ser de dichos objetos. La posibilidad de que varios objetos sean a la vez, en una misma percepción, es el espacio, y la posibilidad de que varios objetos sean uno tras otro, en diferentes percepciones, es el tiempo.

Además, la definición que hemos dado de espacio y de tiempo son realmente circulares: efectivamente, para definir la simultaneidad deberíamos apelar al espacio, y lo mismo ocurre con la sucesión. Por lo tanto, la definición de ambas realidades debe implicar algo anterior a la sucesión y la simultaneidad.

Si pensamos en el espacio, vemos que hemos hablado de un mismo lugar para diversos objetos; la mismidad, por ende, debe ser el sustrato de la definición. De igual manera, el tiempo incluye dentro de sí la noción de diferencia; diferentes momentos en un mismo espacio. Por lo tanto, podríamos decir que espacio y tiempo constituyen la identidad y la diferencia fundamentales de todos los seres que se mueven. Hablamos aquí de “seres que se mueven” porque el espacio y el tiempo implican relaciones entre objetos que pueden variar en algún sentido: por ejemplo, además de los seres físicos, las ideas en nuestra cabeza pueden darse en un mismo espacio (nuestra mente) en diferentes momentos (diferentes percepciones). En cambio, no podemos decir propiamente, por ejemplo, que los números matemáticos estén en un espacio y en un tiempo: lo que ocupa un espacio y un tiempo de estos son sus representaciones concretas.

Por lo tanto, podemos decir que el espacio y el tiempo son los parámetros básicos de identidad y diferencia que empleamos cuando percibimos entes que varían. Esta primera definición explica bien el sentido cotidiano de espacio y tiempo: aun cuando hablemos de espacios y tiempos que no hemos percibido (por ejemplo, la casa de mi abuela ayer cuando comió mi tío), nos referimos a ellos analógicamente desde nuestra propia percepción: construimos un espacio y un tiempo imaginarios que equivalen a esos a que nos referimos. Por ende, las nociones de espacio y de tiempo, que construimos en nuestra percepción particular, sufren una generalización cuando se la aplicamos a otros sujetos que entendemos perceptores a su vez.

La definición científica de los mismos, a su vez, es el resultado de esta generalización, pero a un nivel mayor. Así, el espacio y el tiempo empleados en las ciencias físicas no son meramente la generalización a otros sujetos perceptores, sino la universalización objetiva. El científico trabaja bajo la premisa de que el espacio y el tiempo empleados en dichas investigaciones no están determinados por la percepción del propio científico, sino que son anteriores a esta.

Vistos ya los dos sentidos habituales de espacio y tiempo, podemos ahora preguntarnos por la relación real entre estos tres conceptos, a saber: el espacio y el tiempo percibido por el sujeto, el común a los sujetos perceptores y el científico.

La relación epistemológica que hemos descrito anteriormente (subjetivo-común-científico) parece, justamente, inversa a la relación ontológica entre estos tiempos. Efectivamente, la noción común es que el espacio-tiempo descrito por la ciencia es el primer espacio-tiempo que existe; luego, vendría el espacio-tiempo que han percibido los sujetos en común y, finalmente, surgiría, con nuestra percepción, el espacio-tiempo subjetivo. La universalidad de las afirmaciones científicas, que hablan sobre galaxias lejanas y tiempos ultrapretéritos señalan un espacio-tiempo que, aunque siempre sea conocido para nosotros por nuestra percepción, la rebasa claramente. Únicamente tiene sentido, de hecho, nuestra percepción sobre ellos si los percibimos como algo trascendente a nuestra propia percepción. Si percibo un haz de luz de una estrella a 100.000 años luz, solo puedo entender que está efectivamente a esa distancia si supongo que supera mi percepción concreta de ese haz. Si no, mi percepción sería idéntica a la de una bombilla que esté en mi cuarto. Lo mismo ocurre con el tiempo. La percepción subjetiva del espacio-tiempo, por ende, encuentra su sentido efectivo insertada en ese espacio-tiempo objetivo.

Algo parecido sucede con el espacio-tiempo común: mi percepción de las realidades que se dan en el espacio-tiempo tienen sentido insertas en el espacio-tiempo humano general. Toda la pléyade de objetos humanos caería en el absurdo en el caso contrario. Por ejemplo, si me encuentro un semáforo por la calle entiendo que es un semáforo y no la alucinación de un semáforo si lo percibo como existiendo en tiempo y un lugar que también pueden percibir otros sujetos humanos.

Esto por lo que se refiere a la percepción del espacio-tiempo. Sin embargo, el ser humano no se relaciona únicamente con el espacio-tiempo percibiéndolo. Por el contrario, el hombre concibe el sentido de su existencia en relación con dicho espacio-tiempo, es decir, el ser humano, en lo relativo a lo que debe ser y hacer, está determinado por su percepción del espacio-tiempo y, en base a esta, constituye una concepción del mismo. En base a esta, toma unas u otras decisiones en su vida.

Cuando hablamos aquí de concebir el espacio-tiempo nos referimos al proceso que rebasa la percepción en sentido meramente sensitivo, abarcando la aprehensión, situación y comprensión general. Es decir, la concepción se refiere a qué entiendo yo que estoy percibiendo.

En este sentido, la concepción del espacio-tiempo no se reduce a la mera sucesión temporal y la situación espacial de objetos, sino que me incluye a mí y al resto de sujetos percipientes en esa sucesión y situación. De esta manera, la concepción del tiempo en relación conmigo es lo que llamo mi biografía, compuesta de mi pasado, mi presente y mi futuro, que tienen una relación causal y narrativa (Yo he nacido en X, en X familia y ahora hago X y en el futuro seré X).

Así, esta concepción rebasa, ciertamente, la pura percepción empírica. En primer lugar, no percibo efectivamente ni el pasado ni el futuro. El primero lo identifico con ciertas percepciones, el segundo lo elaboro a partir de percepciones.

En esta elaboración del pasado y del futuro me quiero detener. Lo interesante aquí es que, pese a lo que pudiera parecer, la concepción del pasado y del futuro no es un proceso mecánico que dé siempre los mismos resultados. Diferentes individuos de diferentes épocas han concebido el pasado y el futuro de diversos modos. Así, por ejemplo, los hindúes conciben el pasado y el futuro del individuo perceptor como una sucesión eterna de reencarnaciones, inserta en un ciclo mayor de creaciones y destrucciones cosmológicas. El cristianismo, por el contrario, concibe el pasado como un génesis del cosmos y el futuro como una consumación final de los siglos estrechamente relacionada con el juicio eterno de los seres humanos y su salvación o condena.

Estas múltiples concepciones, como resulta obvio, dan lugar a interpretaciones y, sobre todo, juicios sobre el presente percibido en el espacio-tiempo. Matar a alguien no tiene el mismo sentido si mi concepción del espacio-tiempo es circular, teleológica o amorfa. Obviamente, si mi interpretación del acto presente (matar) es que va a producir un acto futuro eterno (condenación) procuraré no hacerlo. Si mi interpretación, por el contrario, es que, tanto si lo llevo a cabo como si no, el futuro eterno va a ser el mismo (muerte), mi actuación será diversa, o estará motivada diversamente.

Una de las concepciones más extendidas en la actualidad del espacio-tiempo en sentido biográfica es la fundamentada en el liberalismo. Entendemos por liberalismo, como ya hemos definido anteriormente, la metafísica que sitúa como su presupuesto ontológico fundamental la libertad del individuo. Este liberalismo, que impregna la ontología moderna hasta la actualidad, conlleva una delimitación del espacio-tiempo significativo a la existencia del individuo. Es decir, el pasado y el futuro relevantes para el individuo son, exclusivamente, el pasado y el futuro del propio individuo. La interpretación del hecho presente, por ende, orbita en torno a dicho individuo.

Esta concepción, consecuentemente, lleva a la desaparición de la sociedad que está vertebrada desde ella. Así, fenómenos como la baja natalidad en los países desarrollados solo se entienden desde esta concepción del espacio-tiempo liberal. Las cuestiones económicas, que tienen, sin duda, impacto, no son la causa principal de esta situación en países como Noruega o Dinamarca.

En esta situación, en la que la sociedad, motivada por una concepción del espacio-tiempo, se dirige a su colapso, vemos la estrecha vinculación entre lo conceptual y lo real. A menudo tiende a pensarse lo real (espacio-tiempo científico en este caso) como algo independiente absolutamente de lo conceptual (interpretación biográfica del espacio-tiempo). Sin embargo, la concepción de lo percibido empíricamente determina nuestra interpretación del hecho presente y nuestra actuación. Pensar en un paradigma espacio-temporal materialista y amorfo conduce a una interpretación de la vida, justamente, materialista y amorfa.

A partir de estas conclusiones se abren dos preguntas; en primer lugar, ¿puede elegirse entre diversas concepciones del espacio-tiempo o hay una necesidad, marcada por la verdad, de optar por una concepción por encima de la otra? En segundo lugar, ¿si la concepción verdadera del espacio-tiempo produjera la desaparición paulatina de la sociedad, habría que optar por la verdad de la concepción o la utilidad de la sociedad?

Estas cuestiones enlazan, directamente, con el problema fundamental de la verdad y la acción, que deberemos investigar en próximos textos.