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La sujección del objeto

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La teoría del conocimiento o epistemología es aquella disciplina filosófica que se ocupa, como su nombre indica, del conocimiento; qué es conocer y cómo se produce dicho conocimiento son sus tareas fundamentales.

Así pues, toda epistemología se basa, fundamentalmente, en tres premisas; en primer lugar, que el conocimiento existe o que hay algo que pensamos que es conocimiento y en realidad no lo es. En cualquiera de los dos casos, se asume que el concepto “conocimiento” es algo sobre lo que se puede pensar.

En segundo lugar, la epistemología asume que hay un alguien que piensa o que quiere saber si tiene ese conocimiento. No hay, por lo tanto, conocimiento o noción de conocimiento sin un sujeto.

En tercera instancia, se afirma que el conocimiento versa sobre un algo que se conoce. Por ende, todo conocimiento o apariencia de conocimiento es conocimiento de algo.

De este modo, la investigación del conocimiento se asienta sobre la indagación acerca de un sujeto, un objeto y su relación cognoscitiva mutua.

Cuando pensamos en qué es conocer, por lo tanto, podemos decir, en primer lugar, que es una relación entre un sujeto y un objeto; podemos hacer uso, así pues, de otros modos de relación sujeto-objeto para ver los puntos convergentes y las diferencias entre estos y el conocimiento.

Sin embargo, si nuestra investigación especulativa ha comenzado por la epistemología, no tendremos una noción clara ni de sujeto, ni de objeto, ni de relación. De esta manera, deberemos, en primer lugar, explicar qué es un sujeto, qué un objeto y qué una relación y, a partir de ahí, ver qué relación sea el conocimiento.

Así pues, si pensamos en el primero de los términos, a saber, el sujeto, podemos decir que, en el uso cotidiano, el sujeto parece coincidir, en primer término, con el yo. “Yo soy un sujeto” es una afirmación que cualquier persona puede entender y con la que puede estar de acuerdo. Sin embargo, yo también pienso que hay otros sujetos: por ejemplo, también veo a las personas que me rodean como sujetos. De este modo, vemos que el concepto de sujeto se identifica con el yo, pero a la vez es más amplio que el yo.

Si pensamos en las cosas que afirmamos como sujetos, vemos que a todas les atribuimos unas características comunes: en primer término, pensamos que todos los sujetos perciben lo que les rodea. Si yo pienso en mi amigo como en un sujeto, lo pienso como algo que tiene noticia de la realidad; realiza una serie de interacciones con el mundo que son similares a las que yo realizo cuando percibo el mundo. A diferencia de la piedra, por ejemplo, mi amigo es capaz de, viendo una calle cortada, tomar otro camino. La piedra, por el contrario, seguiría su curso indefectiblemente, a no ser que algo que no es ella lo evitara. Del mismo modo, puedo ver que un gato es capaz de huir de un perro cuando lo percibe.

Por lo tanto, a partir de la identificación de mi yo con un sujeto, puedo ver que hay otras cosas en el mundo que actúan como yo actúo cuando lo hago subjetivamente. En mi actuar subjetivamente veo dos ingredientes fundamentales, la percepción y la actuación ligada a esa percepción. En las cosas que yo considero sujetos a parte de mí únicamente veo esa actuación, y le supongo la percepción como causa de dicha actuación. Por ende, aunque yo solo perciba la actuación, mi definición de sujeto señala a la percepción que entiendo es causa de dicha actuación. Una primera definición de sujeto, por lo tanto, podría ser la siguiente: Un sujeto es un algo que percibe la realidad.

En este momento observamos, curiosamente, que el paso previo que llevamos a cabo para definir el conocimiento, a saber, definir el sujeto, implica necesariamente, a su vez, definir el conocimiento. La noción de sujeto lleva imbricada la de conocimiento, y esta, a su vez, la de sujeto. Podemos decir que el conocimiento es la acción que solo puede hacer un sujeto, y que el sujeto es tal en la medida en que se define por su capacidad de conocer.

Por lo tanto, nuestra digresión nos conduce necesariamente a definir qué es el conocimiento. Sin embargo, no partimos de la nada, porque ya hemos explicado que el conocimiento es la acción específica del sujeto; es la actividad que solo puede realizar un sujeto y la actividad que define al sujeto como tal. Lo que sea el sujeto, por lo tanto, determinará necesariamente lo que sea el conocimiento.

De esta manera, podemos volver nuevamente a pensar sobre qué hace el yo que supone en otros sujetos como causa de sus acciones subjetivas. Así, yo, cuando, por ejemplo, percibo una calle cortada, entro en relación con algo que no soy yo (la calle cortada). Sin embargo, esta relación, en cierto modo, se produce dentro de mí: yo veo, oigo, huelo la calle cortada, y mi acceso a este conjunto de sensaciones que conforman la percepción de la calle es inmediato. Cuando yo veo el color gris de la calle, no lo veo con mediaciones o barreras; estoy viendo efectivamente y sin interferencias el color gris. Esta percepción del color es tan inmediata que puedo decir, en cierto modo, que está dentro de mí, que no hay separación entre el yo que percibe y lo percibido.

No obstante, aunque mi relación de conocimiento es inmediata, yo la pienso como, justamente, una relación con algo que no soy yo. Yo percibo la calle como algo que no soy yo. Por lo tanto, aquella inmediatez que yo percibo en mi conocimiento, y que daba a pensar que no hay separación entre el yo que percibe y lo percibido, debe combinarse, a su vez, con la noción aparejada a la misma percepción de que, justamente, entre el yo que percibe y lo percibido sí hay distinción de algún tipo. Esta distinción se comprueba fácilmente con el mero cambio de percepciones; cuando yo dejo de percibir la calle cortada, por ejemplo, sigo percibiéndome a mí mismo, aunque ya no perciba dicha calle. Así, de algún modo, cuando me pienso a mí mismo y cuando pienso la calle pienso dos cosas distintas.

La relación cognoscitiva, por lo tanto, implica para el sujeto una cuestión paradójica; por una parte, es percepción inmediata. Por otra parte, es percepción de algo que no soy yo. Esta tensión entre identidad y diferencia apunta, de esta manera, al tercer término del conocimiento; el objeto.

Recogiendo nuestro método de investigación, podemos ver que por objeto entendemos todo aquello con que nos relacionamos cuando percibimos. Por ejemplo, en mi percepción, la calle cortada es el objeto de mi percepción. La objetividad de la calle cortada viene dada, en primer lugar, porque, cuando yo conozco dicha calle, no percibo que la calle haga nada: la calle, en cierto modo, recibe pasivamente mi acto de conocer. No se inmuta ni reacciona a que yo la perciba. Así, podemos ver que, en la medida en que un sujeto sea percibido pasivamente, en esa medida es un objeto; por ejemplo, yo no reacciono de ninguna manera a que mi amigo me perciba de espaldas. En ese caso, no me distingo de la calle cortada. Lo subjetivo y lo objetivo, por ende, son características concernientes al conocimiento o percepción, siendo así lo activo y lo pasivo de la relación cognoscitiva. Si nos preguntaran, ahora, qué es conocer, podríamos decir, a grandes rasgos, que es la actividad perceptiva realizada por un sujeto sobre un objeto.

Esta dualidad sujeto-objeto activo-pasivo nos conduce al siguiente punto; cómo se produce el conocimiento. Si hemos definido el conocimiento como la acción perceptiva de un sujeto sobre un objeto, podemos pensar esta acción de dos maneras: en primer lugar, podemos decir que el sujeto recibe el objeto en sí mismo, convirtiendo las características que están en el objeto en percepciones propias: de esta manera, el color gris y el olor a cemento, que están en el objeto, pasan a estar en mí. El problema de esta tesis, que podríamos llamar objetiva o realista, es cómo pasan las propiedades del objeto a estar en mi cabeza. Efectivamente, si las propiedades del objeto siguen estando en el objeto, ¿cómo pasan a estar en mí como sujeto? Además, parece haber una diferencia sustancial entre la existencia de estas características en mí y en el objeto; la calle, que huele a cemento, no se huele a sí misma, sino que desprende ese olor. Parece, más bien, que mi percepción olfativa es efecto de una característica de la calle, pero que no se identifica con esta característica. Sin embargo, si mi percepción no se identifica con las características del objeto percibido, ¿cómo sé que, efectivamente, hay una relación entre dicha percepción y el objeto?

Esta pregunta nos lleva a la otra postura, a saber; el sujeto tiene unas percepciones que atribuye a un objeto, pero no podemos saber qué es ese objeto, o siquiera si existe. En la medida en que las percepciones solo están en mí, no puedo realmente asignarles un algo externo a mí en que existan. El problema de esta tesis es que, en primer lugar, es altamente contraintuitiva; si realmente asumiéramos esta postura, tendríamos que pensar que solo nos relacionamos con algo que existe meramente en nosotros. En segundo lugar, el hecho mismo de que pueda distinguir entre mi yo y las percepciones que tengo indica que, de alguna manera, aquel y estas se diferencian efectivamente. Aunque no hubiera un objeto, entendiendo por tal un ente físico perceptible, aun así las percepciones serían un algo que no soy yo con lo que me relaciono. El mundo percibido, como conjunto de percepciones, seguiría existiendo, solo que no referiría al objeto del que pensábamos que procedía. No obstante, seguirían estando los tres términos del conocimiento; el sujeto que percibe, la percepción, y la causa de la percepción. Aunque la causa de la percepción fuera, por ejemplo, un inconsciente previo al sujeto, aun así ese inconsciente sería el objeto de mi percepción, porque estaría percibiendo sus efectos en mí como yo consciente.

La exposición de estas dos primeras posturas muestra la problematización del conocimiento: aunque yo tengo unas percepciones, que percibo como distintas a mí, y por ende como fruto de otro que percibo, no puedo conocer ese otro más allá de las percepciones que tengo en mí de él.

De esta manera, el siguiente paso para describir esta relación que es el conocimiento consiste en analizar qué elementos proceden del sujeto y qué elementos del objeto, para así separar lo que sería subjetivo de lo que sería objetivo.

A fin de conocer qué es lo que aporta el objeto a la relación que es el conocimiento, tendremos que comparar distintos casos de conocimiento, para ver lo que hay de común en todos ellos; así, si cambiando el objeto de conocimiento permanecen ciertas características del conocimiento, tendremos indicios para suponer que esas características no son propias de los diversos objetos, sino pertenecientes al sujeto. Cuanto mayor sea la diversidad de objetos conocidos, mayor será el indicio de que esas características son subjetivas.

De este modo, en primer lugar, tenemos que señalar algo que hemos dejado apartado hasta el momento, a saber, la relación entre percepción y lenguaje. Podemos decir, en resumidas cuentas, que toda percepción puede ser expresada lingüísticamente; todo lo que percibimos puede ser expresado con palabras. Es más, conocer lo que percibimos implica tener la capacidad de expresarlo lingüísticamente. Así, el lenguaje puede definirse como el entendimiento, y el entendimiento como la capacidad de situar nuestras percepciones dentro de la maraña general de conocimiento que tenemos. De esta manera, cuando yo percibo un perro, lo entiendo (es decir, puedo hablar de él) como un animal de la especie canina, mamífero, mortal…Dicho entendimiento del perro es tal porque viene precedido por otras percepciones que, a su vez, se relacionan entre sí de esta manera concreta. Si yo nunca hubiera percibido un perro, no podría entenderlo como miembro de dicha especie; podría entenderlo como un animal que guarda algún tipo de relación con otros animales que hubiera percibido anteriormente, como los gatos, pero no específicamente como perro.

Por lo tanto, el entendimiento, y su expresión, que es el lenguaje, son la capacidad de relación entre percepciones que tiene un sujeto. Si no tuviéramos entendimiento, solo percibiríamos objetos completamente dispares entre sí, que no guardarían ninguna relación entre ellos; por lo tanto, no podríamos hablar de estos objetos. Si, por ejemplo, yo percibiera un ente radicalmente nuevo, ni siquiera podría decir que es un ente, porque ya la palabra “ente” remite a esa característica mínima de existencia que posibilita la relación perceptiva.

De este modo, parece que la capacidad de relación e identificación procede del sujeto, mientras que la diversidad y la diferencia, del objeto. Así, parece que el sujeto pone las palabras generales que permiten relacionar unos objetos con otros: no solo las palabras que refieren a características más concretas, como “gris” o “cemento”, sino también las palabras generales, como “uno”, “muchos”, “todos” o “igual”, “diferente”. Todas estas palabras serían, por lo tanto subjetivas.

Esta subjetividad de las palabras no implica que existan solamente en el yo. Como hemos dicho anteriormente, lo subjetivo se identifica con el yo, pero es más amplio: de este modo, que estas palabras sean subjetivas implica que están en todo sujeto como mecanismo de entendimiento de sus percepciones. Por ende, trascienden al yo, y son compartidas por todos los sujetos, en la medida en que entiendan sus percepciones del mismo modo.

Esta postura, no obstante, sigue presentando varios problemas; en primer lugar, ¿todo sujeto entiende solo en la medida en que relaciona sus percepciones lingüísticamente? Si este es el caso, ¿los animales que no hablan son sujetos? Podríamos decir que sí en la medida en que tienen la capacidad de relacionar sus percepciones; en esa medida, los animales tendrían un lenguaje propio, que se parecería al humano, pero no se identificaría. En segundo lugar, ¿este lenguaje es un lenguaje previo a los diversos lenguajes humanos, que los determina? Todo parece indicar que sí, porque los humanos tienen la capacidad de aprender cualquier idioma humano y de comunicarse entre sí; los múltiples idiomas serían, por lo tanto, expresiones particularizadas de esa capacidad de relación entre percepciones.

La última objeción es, a su vez, la siguiente; si todo lo que entendemos es expresable lingüísticamente, y todo lo expresable lingüísticamente procede del sujeto, ¿qué entendemos, realmente, del objeto? Es decir, si todas las características de mi percepción son expresables lingüísticamente, eso se debe a que todo lo que tiene la percepción se identifica con todo lo que tiene el lenguaje. Si digo que no, debo admitir que algo de mi percepción no es expresable lingüísticamente; si el lenguaje se identifica con el entendimiento, esto implica que hay algo de mi percepción que no entiendo, es decir, de lo que no puedo hablar. Si, por el contrario, acepto que todo lo que percibo es expresable lingüísticamente, y el lenguaje es subjetivo, admito que todo lo que es percibido es subjetivo. Y, sin embargo, ya hemos visto que esta postura no se sostiene.

Así pues, volvemos a los tres elementos del conocimiento; el sujeto, la relación y el objeto. Ahora podemos decir que el conocimiento es la acción por la cual el sujeto tiene la capacidad de expresar lingüísticamente y entender un objeto, es decir, de situarlo en un conjunto más amplio de percepciones subjetivas.

Estas percepciones subjetivas, no obstante, no pueden ser, valga la paradoja, puramente subjetivas; si este fuera el caso, ni siquiera serían percepciones, sino que serían el mismo sujeto, indistinguible de sí mismo. El objeto aparece, en mis percepciones, como aquello previamente puesto bajo mis percepciones; justamente mi capacidad de expresarlo lingüísticamente nace de que no soy yo. Del mismo modo, cuando yo me expreso a mí mismo, expreso la percepción que tengo de mí, que me presupone a mí como objeto.

Por lo tanto, el esquema previo, según el cual lo subjetivo es lo lingüístico e inteligible, debe ser remodelado en cierta medida, porque si el objeto fuera meramente lo absolutamente diverso y diferente, siquiera podríamos hablar de él o entenderlo. El objeto, entendido como aquello presupuesto a mi capacidad de expresión y entendimiento, debe ser, en cierta medida, semejante a mi capacidad de expresión y entendimiento, si es que puedo relacionarme con él expresándolo y entendiéndolo.

Recogiendo las primeras reflexiones, podemos decir que el objeto es aquello que recibe la relación expresiva e inteligible del conocimiento, pero no la recibe como algo completamente ajeno; justamente, su capacidad de recibir dicha expresión e intelección implica su identidad.

Podría objetarse, ante esta afirmación, que no tenemos posibilidad de afirmar que existe un objeto fuera de nuestra expresión e intelección, porque toda expresión e intelección es, justamente, nuestra. No obstante, esta capacidad que tenemos de expresión e intelección es tal en la medida en que apunta a otro; no podemos expresar e inteligir el sujeto, porque expresarlo e inteligirlo es, justamente, objetivarlo: es decir, hacerlo otro que el sujeto que expresa e intelige.

Podemos concluir, por lo tanto, diciendo que el conocimiento es la relación expresiva e inteligible entre un sujeto y un objeto; dicha relación implica que la actividad expresiva e inteligible del sujeto encuentra su paralelo pasivo en el objeto. Esta relación apuntala, por lo tanto, la realidad del sujeto y del objeto, y la expresión e intelección muestra, a su vez, las propiedades pasivas y activas del objeto y del sujeto.