En la tradición filosófica, la cuestión del mal ha suscitado una gran cantidad de reflexiones que llegan hasta el día de hoy. La mayor parte de la historia de la filosofía occidental ha estado marcada por la tesis según la cual existe un Principio del Ser: este Principio, además, coincide con el Sumo Bien y el Sumo Ser. Así pues, postulado este Principio, los pensadores han tratado de dilucidar por qué existe el mal. Las respuestas, que han variado según el pensador y la época, han compartido, por lo general, una aseveración común, según la cual el mal no es “verdaderamente” ser. En primer lugar, se ha dicho que, si el Principio es Sumo Bien, y todo parte de este Principio, todo es, parcialmente, dicho Principio; por ende, todo es parcialmente Bien. Lo que nosotros entendemos como mal sería, por lo tanto, la parcialidad del bien que vemos en el ser particular. En la misma línea se encuentra la tesis según la cual los males concretos permiten la consecución de un bien mayor, puesto que, en la perspectiva general, dichos males no lo serían, puesto que quedarían redimidos por su finalidad.
Otros paradigmas filosóficos ofrecen otras respuestas a la cuestión del mal: por ejemplo, el Dualismo de Principios afirma, como indica su nombre, que hay dos Principios, uno que es Sumo Bien, y otro que es Sumo Mal. La existencia del mal se explica, por lo tanto, por el equilibro existente entre estos dos Principios, que entran en conflicto en la realidad concreta.
De igual manera, aunque esta haya sido la perspectiva general a lo largo de la historia occidental, no es ni la única ni la actualmente más generalizada. Efectivamente, en Europa la sociedad ha sufrido una secularización generalizada. En este ensayo no nos ocuparemos de si esta secularización es tal o si se ha producido, por el contrario, una nueva espiritualización. Para lo único que es relevante señalar esta secularización es para exponer otras perspectivas en torno a la cuestión del mal.
De este modo, desde la perspectiva según la cual no hay un Principio que es Sumo Bien, el mal se explica de otras maneras. En primer lugar, podemos decir que malo es aquello que no quiero, que me es nocivo o que me genera una sensación desagradable. Esta sería la perspectiva liberal, entendiendo por liberal aquellas filosofías según las cuales la realidad se fundamenta en un individuo libre que es Principio de la realidad. En Epicuro, por ejemplo, o en los utilitaristas, encontramos esta postura; según estos autores, el mal es aquello nocivo para el individuo, y lo que se debe hacer, por ende, es evitar el mal y buscar el bien; huir de lo desagradable y encontrar lo agradable. A nivel social, el mal es la acumulación de las perspectivas individuales sobre el mal. Frente al Bien objetivo del Principio, el bien grupal es una suma de bienes particulares.
Otra perspectiva sería aquella según la cual los conceptos de bien y mal nacen de una universalización histórica de una perspectiva particular. Esta universalización llega a tal punto que persuade a los individuos de que el bien y el mal son objetivos, aunque su génesis y, por ende, su esencia, es particular. Esta es la perspectiva que tematiza Nietzsche en su Genealogía de la moral, según la cual lo virtuoso nace con el ejercicio del poder de los hombres fuertes. En la medida en que estos conceptos de bien y mal no remiten a un objeto universal, en esa medida pueden sufrir una transvalorización, es decir, pueden pasar a remitir a objetos distintos. Esto es lo que ocurre, según el pensador alemán, con el surgimiento del cristianismo, en que los débiles consiguen persuadir a los fuertes de que lo que se consideraba bueno es malo y viceversa. Ciertamente, esta perspectiva no es netamente un cambio radical con respecto a la postura liberal, sino una complejización histórica. Añade la aseveración de que el ser humano puede ser persuadido de que el bien y el mal no se remiten a sí mismo como individuo y que, por lo tanto, puede ser engañado para creer en conceptos abstractos. No obstante, el verdadero bien y mal radica en la existencia individual, por lo que, realmente bien y mal no tienen vigencia como conceptos universales.
Un desarrollo posterior de esta perspectiva podríamos encontrarlo en los estructuralismos y postestructuralismos, según los cuales bien y mal se conceptualizan a través de las instituciones y formas sociales históricas. Así pues, la institución de la Iglesia o el Estado convencen a los individuos de que bien y mal son conceptos que remiten a realidades objetivas.
En estas tres perspectivas que hemos resumido brevemente aquí vemos la misma concatenación filosófica: en la medida en que no hay Principio que sea el Sumo Bien, en esa medida tanto el bien como el mal deben encontrarse en el individuo. Por lo tanto, toda noción de que el bien y el mal son conceptos universales debe surgir de una elaboración histórica, es decir, de algo contingente y no esencial.
No obstante, esta perspectiva, que, a primera vista, suena bastante razonable, presenta algunos problemas: en primer lugar, ¿por qué el ser humano tiene la capacidad de conceptualizar sus juicios particulares? Es decir, ¿a qué responde la acción humana según la cual puede llegar a afirmar que algo malo para sí mismo es bueno en términos generales? Por ejemplo, el individuo que se sacrifica por un bien mayor, ¿por qué lo hace? Un liberal está obligado, si es coherente, a decir que esta decisión es fruto del engaño; toda retórica que trate de justificar esta acción desde un punto de vista liberal es contradictoria. Por ejemplo, los bomberos que se sacrificaron en Chernobil para evitar que la radiación se extendiera por toda Europa, desde un punto de vista liberal, obraron engañados por una conceptualización histórica del bien. Si un liberal dijera que un individuo puede encontrar un mayor bien, por ejemplo, en la supervivencia de sus hijos que en la suya propia, ¿no estaría proyectando su propia existencia en la existencia de sus hijos? Si el individuo es la fuente del bien y del mal, y la muerte es el mayor mal porque implica la destrucción del individuo, al individuo liberal debería serle completamente indiferente lo que ocurra tras su muerte. Todo acción que lleve a cabo pensando en lo que ocurrirá tras su defunción es una proyección conceptualizada de su existencia. Es más, si la muerte del individuo implica la destrucción total del mismo, y la muerte es inevitable, ¿no se convierte todo bien y mal, en última instancia, en indiferente? El liberal podría decir que, mientras está vivo, para el individuo hay bienes y males. Sin embargo, la muerte es un hecho consumado, y la muerte es eterna, por lo que el bien y el mal momentáneos se diluyen en esta eternidad. En última instancia, si no hay un Principio, no hay realmente bien y mal, y toda defensa de los mismos desde una perspectiva liberal es una proyección, en mayor o menor medida, de ese Principio, una creación parcial del mismo.
La respuesta más coherente que se puede dar partiendo de la negación del Principio es que no hay ni bien ni mal en ningún sentido, ni individual ni general ni objetivo. Esta es la afirmación del budismo clásico, según la cual el bien y el mal son percepciones aparentes que el individuo cree reales por su apego. Sin embargo, ni siquiera el budismo se desembaraza completamente de operar bajo una noción de bien y mal, porque alienta a sus seguidores a seguir el camino del desapego, que les llevará al Nibana, la disolución definitiva. De este modo, para un budista apegarse a cualquier cosa es malo, es decir, no debe hacerse. Un budista plenamente coherente ni siquiera debería propugnar esto; debería ser absolutamente aleatorio.
Así pues, vemos que, pese a lo que podríamos pensar en un primer momento, la cuestión del mal no desaparece cuando negamos el Principio, Sumo Bien, a menos que aceptemos la pura aleatoridad en nuestra existencia. Sin embargo, incluso si aceptamos dicha aleatoriedad pura la pregunta acerca del origen del bien y el mal sigue existiendo, ¿por qué el ser humano es capaz de afirmar que hay un bien y un mal? ¿Por qué se puede engañar? ¿Cuál es la razón del engaño?
De este modo, seguimos anclados en la cuestión del mal, del bien, y de su generalización. Aunque teóricamente queramos negarlos, seguimos viviendo como si existieran. Y, entonces, podemos formular la siguiente hipótesis, ¿y si, en vez de ser engaños el bien y el mal, fueran un engaño, justamente, la negación de su existencia? ¿Y si el hecho de que no podemos desembarazarnos de estos conceptos, hasta el punto de que su negación absoluta lleva a la depresión y al suicidio, es un indicio de que, efectivamente, son reales?
La metafísica liberal ha tendido a afirmar que lo que extralimita al individuo es falso, pero, por el camino, ha acabado destruyendo al individuo. Mi postura (o mi intuición, mejor dicho) es que si una tesis lleva a la destrucción, es decir, a la muerte, en sentido individual o colectivo, es que, en su fondo, es falsa. De este modo, frente al liberalismo, que cree que la religión, por ejemplo, es una ficción útil que ayuda a la gente a vivir, yo defiendo que, justamente, el hecho de que la religión ayuda a vivir y su ausencia tiende a matar indica, efectivamente, que la religión es verdadera, parcial o íntegramente. Mi postura, nuevamente, se sostiene sobre la universalización pura de la Vida y la Muerte; de este modo, lo que conduzca a mi muerte puede ser bueno si lleva a la Vida, lo cual es verdadero si, en última instancia, hay un Principio de esa Vida.
Así pues, rechazada la postura liberal, cabe barajar las otras dos posturas, a saber, el Monismo y el Dualismo de Principios.
En primer lugar, debemos decir que el Dualismo de Principios, en sus últimas consecuencias, disuelve igualmente la existencia del bien y del mal. Efectivamente, si hay dos Principios equipotentes, el bien y el mal son relativos a estos Principios, que no son, en última instancia, los Principios de la Realidad, sino principios que existen en la Realidad. Si estos dos Principios interactúan entre sí, y lo hacen en la medida en que el bien y el mal existen en nuestro mundo, ambos deben compartir un campo común en el que coexisten. Este campo común, si es verdaderamente común al Bien y al Mal en la misma medida, no puede ser ni Bien ni Mal, o es ambos en la misma medida, lo que nos conduce, igualmente, a la indiferencia entre el Bien y el Mal.
Por lo tanto, nuestro razonamiento nos ha llevado a concluir que, si hay Bien y Mal, hay un Principio que los distingue a ambos, es decir, que los trata de una forma diferente a cada uno. Podríamos, por ende, asumir que existe un Principio que es Sumo Mal, y que el Bien es carencia de mal. En ese caso, es indiferente lo que hagamos, porque estamos condenados irremediablemente al mal. Si este Principio influye en nuestra existencia, será para provocarnos el mayor mal posible; en la medida en que es omnipotente, cualquier cosa que hagamos para evitarlo será inane.
En cambio, si existe un Principio que es Sumo Bien, nos vemos conducidos a pensar que producirá el máximo bien en sus criaturas. Volvemos, por lo tanto, a la cuestión del mal con que empezábamos el texto. Dentro de esta postura, la tesis más generalizada, que afirma que el mal es carencia de bien, nos parece incompleta. Efectivamente, que el mal sea carencia de bien no niega que sea un mal para nosotros; si me quedo sin un brazo, el hecho de entender que mi mal es la falta de brazo no produce en mí un bien. La segunda tesis, por la cual se afirma que todo mal se subsume en un Bien final mayor, nos lleva a una respuesta circular: como no podemos conocer, en el momento presente, el Bien mayor al que obedece la existencia del mal, simplemente deberemos resignarnos a aceptar este mal. Además, esta postura parece afirmar, en última instancia, que ningún mal es evitable. Si ningún mal es evitable, y todo mal se subsumirá en un Bien mayor definitivo, al final el mal se disuelve nuevamente en la eternidad. Sin embargo, en vez de ser la eternidad neutra liberal, o la eternidad maligna, será la eternidad bondadosa. Esta respuesta, que parece más consoladora que las demás, conduce nuevamente a la indiferencia ante los bienes y males presentes. Parece, en definitiva, que toda postura que afirme algo (incluso la imposibilidad de afirmar) universalmente lleva a la disolución de la existencia presente. O da igual porque todo va a desaparecer, o da igual porque el mal triunfará, o da igual porque el bien ganará. Así pues, en la única hipótesis en la que la existencia presente tiene alguna importancia es en aquella en la que lo que ocurre en esta existencia tiene un efecto eterno. Llegados a este punto, debemos preguntarnos, ¿sería mejor una realidad en que nuestra existencia tiene sentido o una en la que no porque, indiferentemente de lo que nos ocurra, llegaremos a un Bien definitivo?